Al servicio de una democracia real y justa

1. A mediados de este mes de mayo y en plena campaña electoral irrumpía en Madrid, en la Puerta del Sol, el Movimiento 15-M. Un movimiento que rápidamente se extendió a no pocas capitales del Estado, entre las cuales estaban las de Bilbao, San Sebastián y Vitoria. En contra de lo que algunos podían imaginar e incluso vaticinar, no pretendía torpedear el proceso normal de las elecciones. No parece que fuera ese el objetivo perseguido. Más bien cabría decir que, al menos al principio, las elecciones eran objeto de un positivo menosprecio por su incapacidad política de resolver los problemas económico-políticos de la sociedad. Se trataba de algo distinto. Como expansión del movimiento universitario de Democracia Real ya, iniciado anteriormente, la manifestación se proponía, como objetivo final, la eliminación de la democracia instaurada mediante el mecanismo de la participación ciudadana por la vía de los partidos políticos, con el fin de sustituirla por la instauración de una Democracia real. No se trataba, pues, de influir en las elecciones, sino de poner en marcha un proceso de cambio democrático que habría de sustituir al actual por otro distinto. El motor del cambio habría de ser la indignación producida por las injusticias establecidas por las explotaciones del capitalismo y sus agentes, la lucha de “los indignados” que las padecían.

Quizás la rigidez de esta lógica de la eliminación del modelo capitalista, del sistema partidista de participación y de los políticos que lo llevaron a la práctica, fue debilitándose a partir de las aportaciones resultantes de la reflexión popular y de los objetivos inmediatos a alcanzar, decididos por el ejercicio real de la democracia “real” del “pueblo” allí reunido. Podrían también valorar lo allí alcanzado como unos pasos que habrían de tener su continuidad en el futuro. Así podría significarlo la voz de “Esto es revolucionario. Y es sólo el comienzo”. No faltaban, además, otras voces que denunciaban no el sistema en sí, sino “el mal funcionamiento del sistema, dominado por los económicamente poderosos, a los que se someten los políticos”. Pero tampoco, quienes afirmaban que no se trataba solamente de dinamizar las reglas de juego democráticas establecidas.

2. Sea el que fuere el futuro desarrollo de este movimiento ordenado a lograr una “Democracia real ya” o las expectativas de futuro que el mismo pueda alimentar, sin excluir tampoco los logros objetivos que pudieren obtener, lo cierto es que el llamado “movimiento 15-M”, no deja de ser ya ahora, la expresión y la manifestación de un problema político ya real de enorme entidad y envergadura. Con la peculiaridad propia y característica de que es planteado, no a partir de las discusiones y debates “verbales” de los “estudiosos” de la política y de la actuación de los “políticos” que los han de resolver en el ejercicio del “poder” democrático que, siendo de todo el pueblo, tienen el privilegio de ejercerlo. Un poder político que está fuertemente condicionado por poderes de otra naturaleza que no tienen como objetivo directo el logro del “bien” de la comunidad política, sino el de los “intereses económicos” del capital o de las “ideologías” inspiradoras de los medios de comunicación social.

La indignación de los “indignados” que, con mayor realismo habría de ser leída y valorada desde el sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de las injusticias de la democracia existente actualmente. Ella es el fruto de un modelo democrático que exige una valoración crítica en profundidad, ya que siendo una democracia real, porque es la que existe, no es la democracia que debiera ser, a fin de que los poderes fácticos y reales estuvieran al servicio de ese pueblo, que somos todos, del que se dice que es el sujeto verdadero y fundamental del poder político. Algo que evidentemente no se logrará por un mero devolver al pueblo “indignado”, el poder del que ha sido injustamente privado. Los políticos ciertamente no son el pueblo al que han de servir. Tampoco el pueblo reunido en las manifestaciones de Sol y de otras ciudades, es el pueblo de la real democracia popular que se pretende instaurar. Son  solamente una parte de él, cuya uniformidad de pensamiento tampoco cabe dar por supuesta.

3. Dentro de pocos días y como consecuencia de los resultados de las votaciones realizadas y, sin duda también, de los pactos o compromisos estipulados entre los partidos, en las Diputaciones y en los Municipios de Euskal Herria, quedarán definidos los nuevos sujetos ejecutores del poder “político”. Partiendo del “pueblo” plural, es decir, de los ciudadanos, habrán de ponerse realmente al servicio de ese pueblo y de quienes lo configuran al que deben servir. El cumplimiento de las leyes establecidas, tanto para definir los sujetos reales del poder como para ejercerlo en la práctica, garantizará que las decisiones que se vayan adoptando sean legítimas. Pero la voz de los “indignados” nos ha hecho caer en la cuenta, si no lo estábamos aún, de que la actual legitimidad de la democracia no garantiza, sin más, la justicia de tales decisiones y de las situaciones creadas o mantenidas por ellas, que deben estar al servicio de una democracia real. Una justicia que asumiera particularmente los objetivos propuestos por los participantes en estas asambleas populares, en la línea del reconocimiento real de los derechos al trabajo y a la vivienda, a una mayor calidad de los servicios públicos, a la necesaria reforma de una fiscalidad más socializada y a la eliminación de los privilegios de la clase política.

En la medida en que la capacidad de hacer justicia o, si se quiere, bien común, no esté garantizada, sin más, por la normativa legal establecida, tanto mayor habrá de ser la responsabilidad socio-política de quienes la utilizan, en orden a lograr los objetivos verdaderos de una democracia real, respetuosa de todos los derechos de todos los ciudadanos.

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