¿Es verdad que queremos hacer la paz?

1.- Estos últimos meses han sido abundantes en acontecimientos de importante contenido político. A las elecciones forales y municipales siguieron los cambios que las mismas habían de traer consigo en el ejercicio de la autoridad de tales instituciones. Se ha hecho también público el anuncio de las próximas elecciones anticipadas, a nivel del Estado español, lo que habrá de afectar también necesariamente a la CAV. Por otra parte, la crisis económica sigue afectándonos, con muy graves consecuencias sociales particularmente en forma del paro laboral y, en consecuencia, en el retraso de la incorporación al trabajo de las nuevas generaciones.

Por otra parte, el hecho de que, a lo largo de los dos últimos años, ETA no haya realizado ninguna acción terrorista directa en territorio español, unido a la publicidad dada a intervenciones exitosas de la acción represiva conjunta de las fuerzas de seguridad de los Estados español y francés, ha hecho que el ineludible objetivo de la desaparición definitiva de ETA y el logro de la tan deseada pacificación del Pueblo Vasco, hayan pasado a un nivel muy secundario. Como si ello careciera ya de mayor importancia. Lo que, en modo alguno, es verdad.

2.- La existencia de ETA, en tanto ella no anuncie y se realice su total desaparición, seguirá siendo un mal muy grave para la convivencia cívico-social en nuestro pueblo. Impedirá también, dígase o no se diga públicamente, el futuro normal desarrollo político de Euskadi. Por lo que, ya desde ahora, ese mismo Pueblo Vasco tiene el derecho a saber, qué razón de ser puede tener una ETA que siga existiendo, con armas o sin armas, en el desarrollo del proceso político de la nueva etapa que ella misma dice haberse iniciado. A no ser que pretenda seguir haciendo valer, capitalizándolos, los éxitos supuestamente por ella alcanzados, por medio de su estrategia político-militar, tal como ella lo afirmaba en su comunicado del pasado siete de julio. Lo que, en la mejor de las hipótesis, no dejaría de ser una manera de seguir sacando un rendimiento político a su estrategia político-militar. Algo que iría claramente en contra de la actualmente por todos afirmada voluntad de utilizar armas meramente políticas para el logro de los fines políticos.

Pero se debe también afirmar que no sería ésta la única manera de sacar un rendimiento político a la violencia terrorista. Basta tener en cuenta que la total desaparición de ETA, lograda por la vía de una victoria policial total y absoluta, no podría menos de ser considerada como un gran éxito por la totalidad de los ciudadanos del Estado, que todos ellos habrían de reconocer y agradecer. Pero muy en particular, a favor de quienes, en el momento de alcanzarse esa definitiva victoria, ejercieran el poder. Lo que no podrá menos de aportarles un rendimiento político nada desdeñable en todos los órdenes.

En todo caso, el proceso que ha de conducir al logro de la tan deseada pacificación, consistente precisamente en la definitiva exclusión de la violencia armada, ha de ser, ya desde ahora, independiente y ajeno al logro de cualquier objetivo político que no sea la misma paz consistente en la desaparición de la violencia armada. Es posible que la reserva y la discreción exigida por asuntos de tanta gravedad, estén en el origen de un silencio que, por otra parte, no deja de ser razonablemente inquietante. En todo caso, una sociedad que pretenda ser democrática, habrá de ser consciente de la vigencia y de la fidelidad real al principio ético y político, de que los problemas políticos han de resolverse por las vías del diálogo y la negociación, en el clima propio de una paz entendida como exclusión de todo condicionamiento o dependencia de la violencia armada. Y la sociedad debe saberlo. Desde este punto de vista, la paz ha de ser un absoluto que todos han de aceptar, afirmar y tutelar. Sin que nadie pueda negarlo o cuestionarlo por razones de oportunismo político.

Dentro de las exigencias de una paz así entendida como un absoluto previo y necesario, será donde se haya de realizar la política que cada uno, individuo o colectivo, considere ser la más conforme con la verdad y la justicia relativas a sus intereses económicos, políticos o culturales, en los diversos ámbitos de la convivencia social. Es ahí donde habrán de situarse los problemas, no muy correctamente llamados técnicos, a resolver con el fin de lograr una más justa y plena pacificación. Se trataría de los problemas planteados por los presos de ETA, en relación con la duración de las penas a cumplir, de su acercamiento a sus lugares de domicilio familiar u originario y del trato a dar a sus enfermos de gravedad. Al igual que desde otras perspectivas, se habla también de los problemas de justicia y de solidaridad, relativos a las víctimas de toda forma de violencia.

3.- Se impone también, finalmente, la necesidad de distinguir lo que venimos diciendo en relación con el tema de la paz y de la pacificación, con los planteamientos que deban hacerse en relación con la solución del llamado conflicto vasco. Un conflicto que ha estado unido a la violencia de ETA y consiguientemente con el tema de la pacificación. En realidad, con la palabra pacificación pueden significarse dos realidades que, aun teniendo mucho que ver la una con la otra, no pueden confundirse entre sí. Lo que exige hacer alguna aclaración.

Se suele hablar de la pacificación resultante de la acción política realizada mediante el ejercicio de todos los derechos del Pueblo Vasco, incluido el ejercicio del derecho a la plena autodeterminación, sea cual fuere el resultado del ejercicio de tales derechos. Pero se habla también de la pacificación lograda ya por el hecho mismo de que no exista la violencia. Una pacificación que ya existiría como exigencia cívico-política previa y fundamental para el ejercicio democrático de la actuación política, cual ha de ser la exclusión real de la violencia. Así unos dirán que no habrá pacificación en tanto no se resuelvan todos los problemas inherentes al conflicto vasco como exigencia de la justicia. Pero otros dirán, con razón, que en tanto no se dé la paz de la desaparición de la violencia, no será posible resolver democráticamente los problemas políticos, incluso la justicia, que se pretenden resolver, relativos al conflicto vasco.

Es necesario plantear bien las cosas si se quieren resolver adecuadamente los problemas. No basta decir que todos queremos lograr la pacificación. Pero el reconocimiento del principio de que los problemas políticos deben ser resueltos por las vías políticas, está exigiendo previamente que la violencia no se dé, si no se quiere ignorar u ocultar la verdad de que los “problemas políticos debemos resolverlos por vías políticas” y no por la eficacia de una vía político-militar. Lo que equivaldría ya en sí mismo el reconocimiento de una cierta, verdadera y necesaria pacificación. De no ser así, carecería de todo sentido hablar de una definitiva renuncia de ETA al uso de la violencia y mucho menos de su desaparición. La clarificación sobre el sentido que se haya de dar a la palabra pacificación, es absolutamente necesaria para saber de qué estamos hablando y para saber también si estamos construyendo la justicia sobre la verdad.

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