Una perspectiva inclusiva de las víctimas

1.- Hablar o escribir sobre las víctimas sigue siendo todavía hoy, cuando las expectativas acerca de la pacificación parecen bastante fundadas, un tema delicado y hasta un tanto “radiactivo”. Aun así, todos sabemos que,  en realidad, es una asignatura obligatoria de cara a la reconciliación. Después de un conflicto violento y destructivo, de varias décadas, la reconciliación se hace un objetivo inexcusable. Pero una reconciliación que no contara con las víctimas, no las reconociera explícitamente, no tratara de reparar en lo posible las pérdidas que han sufrido, sería deficitaria e inhumana. No habrá verdadera reconciliación sin un tratamiento sereno, razonable e inclusivo de la realidad y el sufrimiento de las víctimas.

2.- Ante esta realidad, lo primero que debemos hacer es ponernos de acuerdo sobre lo que queremos significar cuando hablamos de “las víctimas”. Hemos de evitar, de entrada, incurrir en una consideración indiferenciada de todas ellas, ya que la tipología de las víctimas es distinta según la autoría de quienes las ocasionaron: los atentados terroristas de ETA, la actuación represiva de las fuerzas de seguridad o la guerra sucia de grupos como el GAL; o las pérdidas sufridas: algunas pérdidas irreparables, incluida la vida, otras que aún conservándola, acarrearon severas disfunciones físicas y psicológicas, o los efectos provocados en la vida familiar o socio-laboral: algunas familias quedaron seriamente afectadas, mientras que otras pudieron reaccionar eficazmente. Algunas víctimas se han visto obligadas a abandonar sus domicilios o su futuro laboral ha quedado irremediablemente alterado. Tampoco el reconocimiento y los apoyos recibidos han sido iguales: algunas han recibido apoyos de todo tipo y otras han sido marginadas o relegadas al olvido. No se puede considerar de forma indiferenciada el variado y complejo mundo de las víctimas.

Por otra parte, se debe evitar tener un concepto selectivo de las víctimas, derivado de la ideología u opción política particular que cada uno pueda tener. Lo que podría llevarnos a reducir la denominación de “víctimas” a una parte solamente del conjunto de todas ellas: aquellas que compartieran la propia opción u orientación ideológica y política. Haciéndonos exclusivamente sensibles ante la problemática y el sufrimiento de “los míos” o de las víctimas cercanas a “mi mundo” e insensibles ante el sufrimiento de “los otros”. Pero diferenciar no equivale a excluir. En una visión no exclusiva sino inclusiva de la realidad,  han de considerarse como víctimas aquellos seres humanos que han tenido la experiencia personal o familiar de un sufrimiento injusto, hondo, grave e incluso irreversible, provocado por la violencia de la confrontación político-social que hemos venido padeciendo, más allá del signo u origen de esta violencia.

3.- Desde esta perspectiva, no es la justicia de la causa defendida la que hace las víctimas, sino la injusticia del sufrimiento y el daño producidos. Ello  obliga a abordar el tema de las víctimas teniendo presente, en su totalidad, el amplio y variado mapa del sufrimiento injusto originado por el conflicto violento que ha vivido nuestro pueblo en éste su último medio siglo de historia. Los costos humanos, familiares, sociales y económicos que ha generado esa violencia, adquieren desgraciadamente unas dimensiones muy considerables. Son muchas las víctimas y todas ellas deben ser atendidas, aunque sea de manera diferenciada, con un adecuado y proporcionado sentido de justicia y solidaridad. Un posicionamiento de esta naturaleza no equivale a defender la equiparación de todas las víctimas y de sus injustos agresores. Mucho menos pretende la impunidad de una responsabilidad difuminada en una “causa” colectiva. Se trata simplemente de “incluir” y apreciar el sufrimiento de todas las víctimas y las responsabilidades de los agentes de las injusticias que lo originaron.

4.- Es conocido el recurso al trinomio de verdad, justicia y reparación, a la hora de formular la deuda social con las víctimas. Últimamente se viene también insistiendo en un cuarto factor: las garantías de no repetición de los hechos violentos acaecidos y padecidos. Las víctimas y también la sociedad tienen derecho a la verdad y, en su caso, a la revisión crítica del pasado; al esclarecimiento del mal y del sufrimiento padecidos; al amparo del derecho y la justicia para sus justas causas y demandas; a la reparación, en lo posible, de los daños sufridos, tanto materiales o económicos, como psicológicos o sociales.

Pero no se ha de ignorar tampoco que la propia víctima está llamada a realizar una costosa re-elaboración de su vida personal y familiar, de su historia y su futuro, tratando de dotarles de un nuevo sentido, con sus resortes personales y con los apoyos próximos y sociales necesarios. Un proceso y una tarea nada fáciles que requerirán tiempo, hacer frente a los sentimientos contradictorios que en ella irán surgiendo, superar el espontáneo espíritu de venganza  hacia los culpables, atemperando el odio y resentimiento interiores, para poder seguir viviendo de forma constructiva y positiva.

Este costoso proceso restaurador puede verse alterado o dificultado por una utilización política interesada de su situación y su sufrimiento, y por la influencia y presión ejercidas por colectivos y asociaciones que potencian el victimismo y la focalización recurrente en acontecimientos dolorosos del pasado. Lo que las víctimas habrían de esperar, más bien, de parte de todos debería ser una serena comprensión y empatía de su situación, gestos de cercanía y reconocimiento, muestras de respeto y solidaridad, que ayuden a todos a hacer realidad la reconciliación social. Una reconciliación necesaria para generar una convivencia más pacificada.

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