Por la paz a la pacificación

1. El pasado día 20 de octubre anunciaba ETA su decisión de renunciar definitivamente al uso de la lucha armada para el logro de objetivos políticos. Aunque no incluía su desaparición y, con ella, su desarme, la noticia fue causa de una gran alegría generalizada. Al fin ha llegado la tan deseada paz y, con ella, la libertad, dice con alegría la gran mayoría de nuestro Pueblo.

La paz que consiste en la eliminación de la lucha armada es una realidad. Y esperamos que sea definitiva. Pero aun así se afirma no sin razón, con ella no se ha conseguido todo lo que exige una plena convivencia pacífica. A partir de ahora habremos de alcanzar entre todos, precisamente porque tenemos la paz, la auténtica pacificación de la convivencia político-social. La pacificación que ya no hemos de plantear mirando a ETA, sino en referencia a la totalidad de cuantos configuramos esta comunidad socio-política que es de todos, sean cuales fueren nuestras ideas y nuestros posicionamientos político-sociales personales.

2. No se trata de puras palabras sino de realidades muy comprometedoras. La sociedad se pacifica en la medida en que se realizan en ella los “valores” de la verdad, la justicia, la libertad y, en definitiva, la solidaridad del amor cívico-político. De no ser así, en esa sociedad, confesémoslo o no en razón de nuestros intereses individuales o sociales, seguirán existiendo conflictos nacidos de nuestra falta de entendimiento en los diversos ámbitos de la convivencia. En la economía, en la política, en la cultura. Conflictos que, hemos de reconocerlo, nos han hecho sufrir mucho a todos.

Un Pueblo que tanto ha sufrido y sigue sufriendo, está exigiendo que se analicen las raíces de esos sufrimientos, para eliminarlos y alcanzar así cotas superiores de pacificación. Eliminada la violencia de la lucha armada, hemos alcanzado una dimensión muy importante y esencial de la paz. Pero no hemos alcanzado las ulteriores exigencias de una plena pacificación.

3. El proceso de la pacificación en los distintos ámbitos de la convivencia social tiene una dimensión “política”. Esta dimensión “política” no es exclusiva del ejercicio del poder del Estado, al que llamamos soberanía. Aunque no cabe duda de que ella es particularmente importante y significativa, porque condiciona la totalidad de la vida social. De la totalidad de esa vida político-social se afirma que el diálogo ha de ser la vía más adecuada para lograr la superación de los conflictos por la vía del entendimiento. Un diálogo que no tiene por qué ser, por necesidad, el diálogo propio de la “negociación”. En el diálogo cada uno ha de estar en su sitio, sin renunciar a su propia condición política y social y sin que el acercamiento al inferior e incluso al “culpable”, sea razón suficientemente válida para no “dialogar” con él. Esto será lo que se quiere decir cuando se afirma que los objetivos políticos y la superación de los conflictos deben hacerse por la vía del diálogo y no por el recurso a la “violencia” armada. Un diálogo que puede llegar a acuerdos vinculantes, incluso para distintos.

4. En la situación en la que actualmente nos encontramos, se hace particularmente importante aclarar lo que se quiere decir cuando se habla de reparar las consecuencias del “conflicto”, según se trate del conflicto “armado” o del conflicto “político vasco”. En el primer caso se tratará de las consecuencias de un conflicto ya resuelto, cuyas heridas se trataría de restaurar, mientras que el segundo se trataría de superar el mismo conflicto político existente.

Hechos estos planteamientos generales, puede ser también útil analizar algunos temas concretos de mayor trascendencia:

– el reconocimiento de los derechos de todas las víctimas, a tenor de lo establecido en la normativa legal existente, desde la fidelidad debida al “relato” histórico de los hechos y la debida satisfacción que en justicia les es debida;

– la adecuada revisión de la política penitenciaria a aplicar en razón de la nueva situación creada y de los objetivos que las mismas sanciones penitenciarias han de buscar en la línea de la reinserción de los presos;

– un problema particularmente difícil habrá de ser el relativo al tratamiento que se haya de dar a los miembros de ETA responsables de alguna acción ya cometida y considerada penalmente punible, pero en libertad;

– la verdadera pacificación habrá de exigir el reconocimiento de todos los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos del País Vasco. Pero siendo diferentes las opiniones sobre estos puntos, se habrá de buscar el logro de la mayor coincidencia posible en la inevitable diversidad de opiniones. Sólo en el logro de ese consenso podrá fundamentarse una más plena pacificación.

5. Pero la verdadera pacificación de un pueblo no se logra solamente por el respeto debido a las reglas de comportamiento propias de una democracia respetuosa de los derechos fundamentales de las personas. Las relaciones interpersonales son el fruto de sentimientos, actitudes y valoraciones personales que se mantienen dentro de cada uno y, aún así, influyen fuertemente en los comportamientos sociales. El amor o el odio, el perdón o el rechazo, la comunión o la división, el arrepentimiento o la indiferencia, son dimensiones humanas, que van más allá de lo que puede imponerse a las personas en la verdad de la interioridad de cada uno. Por ello mismo, han de ser objeto de una “cultura” de convivencia pacífica, cuya interiorización deberá ser posibilitada y promovida.

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