Construir la paz con la verdad y en la verdad de las diferencias

1. El conjunto de los agentes políticos, sindicales y sociales que el 25 de septiembre de 2010 suscribieron el llamado Acuerdo de Gernika, venía anunciando una Declaración atrevida sobre la violencia y las víctimas. Ella supondría un paso adelante de gran importancia en el proceso de la pacificación. Tal Declaración se hizo pública el día 17 de diciembre de 2011. Pero la realidad no ha correspondido a las expectativas generadas en amplios sectores de la población. Lo que no nos deja indiferentes a los que deseamos la verdadera pacificación de nuestro pueblo. Por ello, realizamos una valoración crítica del citado escrito, hecha con la sincera voluntad de caminar hacia el acuerdo que posibilite la recuperación de las relaciones sociales, el respeto mutuo y la reconciliación en la verdad que el escrito pretende.

2. La verdad que trasciende a cada víctima. A nuestro juicio es fundamental esa referencia a la verdad que se hace en la Declaración, al considerar «importante que se conozca la Verdad, todas y cada una de las verdades que la componen. Verdad que debe ser analizada y construida desde todas las perspectivas». La verdad, que está «detrás de cada víctima» y que ha de posibilitar «la consecución de una sociedad justa y en paz». Existe, pues, según esta Declaración, una verdad que transciende a cada víctima, que está detrás de cada una de ellas y que afecta a cada una de ellas en su «condición de víctimas». Es una verdad que hay que conocer más allá de la común condición de víctimas, que hace que cada una haya de tener «su propia verdad». ¿Qué es eso que está detrás de todas y cada una de las víctimas?

Lo que estaría detrás de cada víctima sería, según la Declaración, el «conflicto que las ha originado» y, más en concreto, «el conflicto político» cuya superación sería «la garantía para que nunca más se produzcan situaciones de violencia y vulneración de derechos humanos». Pero, de hecho, en realidad no es ésta la Verdad de la existencia de las víctimas. Éstas son originadas por las maneras particulares de reaccionar, por las opciones libres y propias de reaccionar, ante la afirmada existencia del conflicto. Son las víctimas de los que optaron por la lucha armada. Pues la verdad es que no todos los ciudadanos ni todas las víctimas de la violencia reaccionaron de la misma manera ante el conflicto. Ésa es la verdad que está detrás de cada víctima y que diferencia a unas y otras. Diferencia a las víctimas y diferencia también las violencias de quienes a ella recurrieron, en detrimento de los derechos humanos que a todos se les reconocen. Negar esta verdad que está detrás de cada víctima, invalida cualquier intento de crear una convivencia pacificada por mucho que se apele a ella.

3. Equívoca atribución de las víctimas. Esta falta de verdad consistente en ignorar dónde ha de situarse el origen de las violencias y las lesiones de los derechos humanos fundamentales, afecta a la totalidad de la Declaración del Acuerdo de Gernika. Así, pierde consistencia cualquier distinción que se pretende hacer entre violencia justa y violencia injusta o terrorista, entre uso legítimo del poder y estrategias represivas y de guerra sucia de los estados español y francés. La misma atribución de víctima de la violencia puede resultar equívoca. En efecto:

a) La palabra violencia significa utilización de la fuerza que, en principio, puede estar legitimada por la persona y la finalidad de quien recurre a ella. Existe, pues, por ello, una violencia justa, en contraposición a una violencia injusta que, tratándose del conflicto vasco puede también llamarse terrorismo. Ignorar esta doble forma de violencia en relación con las víctimas del conflicto vasco, no es conforme con la verdad.

b) La misma equiparación hecha entre la violencia de ETA y la estrategia represiva y de guerra sucia de los estados español y francés, podría dar a entender que ambas actuaciones son injustas, pudiendo existir de parte de los Estados una actuación que no fuera ‘sucia’. Lo que impide afirmar que las víctimas de una y otra violencia necesariamente hayan de ser equiparadas. No todas las violencias son igualmente ‘injustas’ y, en consecuencia, tampoco todas las víctimas son necesariamente iguales.

c) Finalmente, a tenor de estas clarificaciones, se impone la necesidad de distinguir las víctimas producidas por el ejercicio de una violencia injusta, de las víctimas que han padecido los daños derivados del recurso a una violencia legítima, independientemente de quienes ejercieron la injusta violencia.

Solamente teniendo en cuenta lo dicho será posible descubrir y conocer las verdades, de contenidos diferentes, que existen detrás de cada víctima. Solamente así será posible llegar a la Verdad que resulta del conocimiento de «todas y cada una de las verdades que la componen». Ésta es, la Verdad que lleva a la justicia y fundamenta la paz de nuestro pueblo. No otra.

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