La Unión Europea, nuestro bien común

Algunos considerarán provocativo el título de este artículo. ¿Cómo puede ser la Unión Europea (UE) nuestro bien común, cuando todos los males que vivimos son consecuencia de las políticas europeas, según opinan día tras día muchos analistas, políticos y medios de comunicación.
Sin embargo, la realidad es bien distinta, ya que nuestra UE no responde a las expectativas que crearon los Padres de Europa en los años 1940 y que hemos mantenido a lo largo de estos casi 70 años. No avanza con ritmo suficiente en su construcción y sufre de importantes carencias, que impiden responder con eficiencia a los importantes retos que vivimos. También nos duelen algunas de sus decisiones políticas o sociales, que afectan negativamente a los más débiles.

Las razones de estas dificultades son numerosas y complejas. Resaltaremos algunas de ellas.

La UE es hoy una unión de Estados miembro. Cuando hablamos de la política que se lleva desde la UE, estamos hablando en realidad de las decisiones que toman los jefes de Estado de los países miembros. Aunque las decisiones se adopten en Bruselas, quien tiene poder de decisión es el Consejo Europeo, es decir los responsables de los gobiernos de los Estados miembros. Desgraciadamente éstos se preocupan mucho más (casi únicamente) de la política interna de su país y demasiado a menudo con una visión cortoplacista. Supeditan sus decisiones casi exclusivamente a las consecuencias internas en su propio país. Actúan en base a un nacionalismo de Estado mal entendido y contraproducente, de cara a la construcción de esta UE todavía inacabada.

A la vuelta de las reuniones europeas, pocas veces les oímos declarar: “Los jefes de Gobierno hemos tomado decisiones que supondrán un sacrificio para nuestro país, y por consiguiente para sus ciudadanos, pero ha sido un paso importante hacia una UE más fuerte y eficiente. Este es el objetivo que prioritariamente perseguimos todos los responsables institucionales para el bien de los ciudadanos.” En cambio, generalmente se vanaglorian de haber conseguido tal o tal ventaja para nuestro país, evidentemente en detrimento de los demás y de la propia Unión. Las autopistas, puentes o puertos de España han sido construidos con importantes ayudas y financiaciones europeas. Pero pocas veces se reconoce. En cambio nos anuncian que los recortes que sufrimos en estos tiempos de crisis nos vienen impuestos por Bruselas, sin reconocer el excesivo endeudamiento público y privado durante décadas. Todo lo bueno es fruto del bien hacer de los políticos estatales y lo malo viene de Bruselas.

¡Como si pudiésemos pretender construir nuestra Casa Común sin aceptar esfuerzos o sacrificios! Todos los jefes de Estado son muy conscientes de esta realidad pero muy pocos aceptan razonar con espíritu comunitario. Con esta mentalidad tan extendida de los responsables de los gobiernos estatales nunca avanzaremos hacia una verdadera UE.
A pesar de todo, se han dado pasos importantes: tras la Segunda Guerra Mundial que dejó una Europa arruinada y destruida, se ha alcanzado el mayor bienestar de la historia; el euro es una garantía financiera importante; la Carta de los Derechos Humanos; la solidaridad interregional en la UE; la aceptación del principio de subsidiariedad y, sobre todo, el periodo más largo de nuestra historia sin guerras europeas, etc. Son avances innegables, pero insuficientes. La estructura actual de la UE no permite el ejercicio de una democracia real a nivel de la Unión y no posibilita una eficiente gestión, ni garantiza su futura existencia.

El Parlamento Europeo ha conseguido alcanzar más competencias, entre otras la de intervenir directamente en el nombramiento del Presidente de la Comisión Europea. Pero no disponemos de un verdadero Gobierno europeo ni de un Presidente elegido por sufragio universal en toda la Unión. Los jefes de Estado de los Países miembro siguen tomando las decisiones por unanimidad en los Consejos Europeos, en los asuntos más importantes. Un solo Estado, por muy pequeño que sea, puede bloquear asuntos fundamentales. Por ello se alargan las discusiones hasta el infinito y dejan a la UE en inferioridad de condiciones ante las demás potencias del mundo.

La UE será federal o desaparecerá tarde o temprano. No es posible seguir con un modelo tan atípico. Los Estados miembro deben asumir una transferencia de poderes a la UE y abandonar sus posiciones particularistas. Los Estados deben ser conscientes que, en el caso de que por su obcecación nacionalista de Estado sigan debilitando la UE hasta hacerla inviable, perderán entonces mucho más de su soberanía ante potencias como USA, Rusia, China, etc.

Por ello los ciudadanos de a pie debemos animar (y exigir) a los responsables políticos a avanzar por el camino de la integración institucional, económica, social, cultural y política de la UE hacia una verdadera Europa Federal, respetuosa de las diversidades existentes en su seno, aplicando el principio de subsidiariedad, y basada en los principios humanistas que presidieron el proyecto inicial de los Padres de Europa. El mes de mayo estamos llamados a votar para la formación del nuevo Parlamento Europeo, éste deberá ser uno de los criterios, quizá el más importante, en el momento de apoyar una u otra opción política.

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