¿Todavía una convivencia desgarrada?

1.- Después de un largo período de atentados mortales, amenazas, detenciones masivas, y una confrontación política aniquiladora, emerge en la conciencia posterior un tiempo de retraimiento, prevención y miedo para expresarse libremente. Las posturas se polarizan y el encuentro se torna difícil. Amigo-enemigo. Conmigo o contra mí. Es la lógica de toda violencia política.

Durante el franquismo, y en los largos años de la transición, vivimos de forma traumática esta experiencia. Era frecuente oir frases como: “No hables delante de cualquiera de ciertos temas…”, “Mejor estar callado…” “Kontuz ibili!,…” Se ha ido subsanando esta situación, y tanto las instituciones como la vida política se han ido armonizando con los principios democráticos de otros países europeos.

En Euskal Herria, hemos vivido este fenómeno de una forma peculiar y propia por la experiencia traumática de la lucha armada de ETA. La acumulación de tantos atentados injustos y crueles y las reacciones provocadas por ellos, han creado de forma acumulativa un grave deterioro en la convivencia. Si bien es verdad, que el cese de la violencia de ETA nos introduce en un “tiempo nuevo”, la situación vivida, ha afectado a los estratos más íntimos de la sociedad vasca. Las secuelas del sufrimiento vivido largamente, no han desaparecido. Subsiste todavía, una profunda sensación de prevención para expresarse libremente, en alg.

2.- Junto al miedo a la transgresión de leyes, se da también una explícita prevención para expresarse con libertad y sinceridad. Emerge el miedo al desprecio, a la calumnia política o a la amenaza velada de que tu nombre pueda aparecer en la plaza pública en cualquier momento. Discrepar en algunos anbientes, es quedar marcado. Ello impide una comunicación franca y sincera. Se dan graves problemas de desconfianza, que deben ser abordados con gestos y compromisos concretos para avanzar en la normalización de la convivencia. El silencio es el precio que pagamos por una “convivencia tolerable”. Esta triste realidad, aunque la vamos superando, la siguen experimentando todavía muchas personas. Se afirma que, para vivir tranquilo, es necesario llevarse bien con el entorno socio-político. De lo contrario, te expones al más abyecto de los desprecios. Todavía la militancia en algunos partidos no es nada fácil. Tampoco la discrepancia en el propio entorno. La prevención interiorizada paraliza la acción pública y repliega a la vida privada a aquellos que desean ejercerla, haciéndoles creer que lo mejor es “no intervenir en nada”. Durante largos años, se ha extendido la cautela en el hablar y hasta en el mirarse los unos a los otros. Esta ley del silencio ha generado un embotamiento de la sensibilidad y una degradación moral que nos envilece como personas.

Es constatable la resistencia de mucha gente honesta al compromiso público, por miedo a perder su libertad o a ser señalado. Ya lo decía Napoleón: “la mejor política es hacer creer a las personas que son libres, cuando no lo son”.

3.- Construir una convivencia sincera necesita tiempo, esfuerzo y honestidad. Hay que valorar todos los pasos que se dan, pero exigiendo un compromiso público y explícito a aquellos que en su momento apoyaron la lucha armada.

El cese de la lucha violenta de ETA exige el reconocimiento del mal inferido, la reparación en lo posible de todas las víctimas, acabar con una política penitenciaria de excepción y castigo y planificar un futuro consensuado. La falta de acuerdo en la valoración del pasado, no puede impedir unas exigencias éticas mínimas para un trabajo común. Pactar y ceder no significa transigir con la injusticia, sino hacer posible lo que parece imposible. Lo exige la inmensa mayoría de la sociedad vasca. Esto no es, ningún “empate técnico”. Es construir el futuro sin el monopolio de la justicia.

Ni la reiteración en la permanente acusación y el resentimiento, ni el olvido cómplice del que no quiere reconocer su responsabilidad en el pasado, son aceptables.

Entre nosotros, hay un pre-pasado lejano, el franquismo, pero también hay un post-franquismo más cercano, que parece queremos ignorar. Ambos están condicionando nuestras relaciones políticas y no pueden ser reinterpretados, ignorados o relegados al olvido. “Algo sucedió… De eso ha pasado tanto tiempo…, que pronto dejará de ser cierto”. Es la injusticia del olvido voluntario. No se trata de olvidar lo inolvidable, sino de recuperar la capacidad de mirar al futuro con esperanza. Es la exigencia para el Instituto de la Memoria.

Nos hace falta una regeneración ética que nos permita aceptar la diversidad sin miedo al diferente. A este respecto, los partidos deben dar ejemplo a la ciudadanía, distinguiendo la propia posición política de la permanente descalificación del adversario. Necesitamos un “Código Etico”, asumido por las personas y las diversas intituciones, que impregne la vida cotidiana, el actuar en las fiestas, los eventos culturales, las competiciones deportivas y otras muchas acciones de mutua colaboración. De poco sirven acuerdos entre partidos, foros, congresos o manifiestos públicos, si luego no los ponemos en práctica.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s