La convivencia: de las palabras a los hechos

Terminábamos nuestro último escrito, apelando a la necesidad de ser aceptado por todos un código ético que tuviese una exigencia práctica en la vida real con unos requisitos mínimos para una convivencia estable . Son muchas las personas, grupos e instituciones, que piden esto mismo. ¿Es ocioso volver a repetirlo? No lo es. La convivencia, no es algo dado, es costosa. Es una tarea a realizar. Se construye día a día, paso a paso.
La convivencia no es fácil y menos en una sociedad como la nuestra, condicionada por un pasado sangriento. La idealizamos a base de puro voluntarismo, exigiendo cesiones y sacrificios a las personas más honestas, mientras transigimos con la mentira, el cinismo y la manipulación interesada. De ahí, la referencia a ese código ético mínimo tantas veces señalado, pero reiteradamente conculcado.

En las relaciones humanas de toda índole, tanto individuales como de grupo, hay valores y posturas de vida más importantes que ganar o perder unas elecciones, dominar una campaña electoral, tener prestigio o poder económico, o imponerse a los demás por la fuerza. La convivencia pacificada y democrática surge del entendimiento mutuo, de un encuentro en libertad. Más aún. Para trabajar por una convivencia de esta naturaleza, respetando las reglas mínimas y los derechos de los demás, es necesario “ceder” algo propio, en beneficio del otro. “Cedo algo para que ganes tú. Así ganamos todos”. Esta idea debe impulsar la Ponencia por la Paz y fortalecer así la esperanza en nuestro esfuerzo colectivo.

Es imposible, pues, una convivencia estable y pacífica cuando se concibe la relación mutua como una simple pelea, como una mera competición. Siempre hay que vencer. Y al vencido “ni agua”. Así es imposible crear un espacio de verdadera pertenencia a un pueblo o ser solidario en él.

Somos diferentes y el desacuerdo es muchas veces inevitable. Pero si queremos construir un pueblo, no podremos olvidar los elementos comunes, sociales, culturales y éticos que posibilitan este encuentro. Si no se erradican enfrentamientos permanentes, ataques a otras personas o a bienes públicos, no se podrá construir nada.

Convivir en una sociedad pacificada y democrática no significa simplemente coexistir. Se puede coexistir sin relacionarse. Convivir es propio de las personas, que interactúan vitalmente con un proyecto común, respetándose en la diferencia. Convivir es mucho más que una mera tolerancia aceptada como mal menor.

La convivencia y la paz tampoco se imponen por la fuerza y el dominio del más fuerte, ni se confunden con la mera seguridad ciudadana y el orden público. Estas realidades son necesarias, pero la convivencia pacífica va mucho más allá y exige, a su vez, el rechazo de la mentira, la venganza, y por supuesto la realización de la justicia social.

El auténtico juego político, no puede consistir solamente en pedir dignidad y honestidad al oponente y a continuación, imputarle colaboración con el enemigo y toda clase de males. Después de la amarga y triste experiencia vivida, se impone la necesidad de regenerar el tejido social y las relaciones humanas. Esto exige lealtad a unos valores socialmente consensuados y a la vez honestidad y compromiso en su cumplimiento. Algo que no lo constatamos todavía.

Se habla, también, y se escribe mucho de reconciliación, pero ésta es lenta y siempre complicada y nunca del todo definitiva. Exige recuperar e incorporar para la vida social a los agentes de la injusticia. De no ser así, no podremos hablar de reconciliación. Y en tanto no haya reconocimiento del mal injusto inferido, será muy difícil dicha reconciliación. En todo caso, ni siquiera la aceptación de la falta de acuerdo en la valoración del pasado, debería impedir trabajar juntos en el futuro, a partir del explícito rechazo de la utilización de la violencia terrorista como arma política. El debate político ha de tener otros cauces.

En este camino, deben estar presentes siempre las víctimas del terrorismo. Cuando se ha dañado tan gravemente la dignidad de las personas, es un acto de cobardía, refugiarse en la neutralidad y en la ambigüedad. Todavía nuestro pasado no está sanado. Pesa como una losa en el presente. Nuestra convivencia necesita coherencia con la verdad y la valoración de los hechos violentos, deseo de repararlos y una voluntad efectiva para desterrar de raíz la maledicencia, la injuria y el insulto gratuito tanto en los medios de comunicación, como en la calle y la plaza pública. Hay que pasar pues, de las palabras a los hechos.

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