Suelo ético común y pacificación

1.- La Pacificación social es fundamental para el logro de una convivencia conforme con la dignidad de las personas, que viven en una sociedad determinada. Una existencia plenamente humana no es imaginable sin la paz, fruto de unas mínimas exigencias éticas. A estas exigencias nos referimos al hablar de una sociedad sostenida por el llamado suelo ético. La carencia de ese suelo ético es una de las razones fundamentales de la falta de una convivencia pacífica consolidada.


Desde esta perspectiva, la violencia de ETA y de los grupos estatales o paraestatales, que la utilizaron para el logro de sus objetivos, no hubiera existido si se hubieran respetado las exigencias éticas más fundamentales, como el respeto escrupuloso a los derechos humanos, y en concreto, el respeto a la vida de personas inocentes asesinadas.

Pero siguiendo el mismo discurso, cabría decir que el cese de la violencia que produjo tantos asesinatos y otros abusos violentos, no fue debido a la fidelidad a los imperativos éticos que los reprobaren. Respondió a otras razones ajenas a esas exigencias, tales como la eficacia política a cualquier precio o la mera estrategia y táctica políticas.

2.- Si, pues, las razones que llevaron al cese de la violencia que hoy reprobamos no fueron de índole ética sino estratégica y táctica, no podremos menos de plantearnos en qué medida este recurso que se hace hoy a los imperativos éticos, pueda ser, en el presente y en el futuro, fiable. No es ésta una reflexión carente de sentido. Si en el esfuerzo personal y colectivo por el logro de una pacificación deseada “hoy”, ponemos la confianza en la motivación ética que “ayer” no existió, habremos de valorar cuál ha de ser el fundamento y la consistencia del recurso a esos imperativos éticos, a los que definimos como suelo ético. Y habremos de valorar también las consecuencias que, cara al futuro, podría tener la no aceptación de tales imperativos éticos.

No podemos ignorar que los sujetos activos de la violencia ilegítima, los victimarios, tanto de ETA como de la represión del Estado, que por razones éticas merecen nuestra reprobación, eran y son considerados por amplios sectores de la población, tanto por la ideología como por sus acciones, como auténticos héroes y patriotas que entregaron su vida a un ideal. Todo lo contrario de la reprobación de la que deberían ser objeto en razón de las exigencias éticas que sustentan el suelo ético.

3.- La verdadera pacificación ha de ir más allá de la mera aceptación de unas palabras que, en ocasiones, no responden a la realidad de cuantos dicen aceptarlas, siendo así que mantienen sentimientos y convicciones incompatibles con las exigencias del suelo ético. Frente a la valoración de la verdad histórica de los hechos, reconocimiento del mal injusto inferido, su reparación, así como su compromiso futuro por caminos pacíficos, caben también otros posicionamientos que, en nuestra opinión, carecen de la suficiente consistencia para el respeto efectivo a los derechos humanos.

Ante esta realidad cabe, otro camino. Es el sostenido por la sincera voluntad de ver en esa proclamación de la base ética común, si no una realidad ya existente, el grito o la llamada de una sociedad que, tras la gravísima experiencia del sufrimiento social padecido, busca eficazmente los caminos que conduzcan a alcanzar la paz, desde el rechazo de la oscuridad derivada de la violencia injusta y de sus dolorosas derivaciones.

Necesitamos la paz para vivir en una sociedad que siente todavía reciente la experiencia de haber carecido de ella. Pero quizás necesitamos más aún la confianza que produce la persuasión de creer que quienes no piensan o sienten políticamente como nosotros, quieren verdaderamente la paz, al margen y por encima de sus planteamientos y estrategias políticas. Y que así lo manifiestan. Hemos de decir, en la verdad, nuestra común voluntad de vivir en paz, por encima incluso de las propias estrategias políticas, en las que todavía pudiera haber lugar para la aceptación de la eficacia de las “violencias”, por encima del respeto debido a las personas y del reconocimiento de sus derechos.

Y no será inútil recordar que el logro de una convivencia pacífica habrá de ser, en todo caso, fruto de una educación y una práctica políticas que la sociedad debe tratar de promover. Sin que esa educación, quede reducida al indoctrinamiento que los partidos pretendan imponer desde la juventud, incluso al margen y por encima de los imperativos éticos que han de garantizar ese suelo ético común.

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